Los nuevos felices años 20

La historia se repite, pero lo hace siempre con un giro impredecible y perverso, con una mezcla de humor y engaño que nos pilla con el pie cambiado, por mucho que se anunciara un retorno del pasado: resultaba complicado de prever que los nuevos felices años 20 llegarían a nosotros sorteando aforos variables y repuntes incesantes, con el miedo de quienes permanecen aislados en casa y la despreocupación de quien se ha lanzado a disfrutar de viajes, terrazas e intercambios de pareja.

Quizás esperábamos algo más solemne, un fin oficial de la pandemia, una toma de las calles masiva, no este retorno de lo viejo sin más cambios que el pasaporte covídico y la mascarilla en interiores. Los pasados años 20 trajeron flecos, faldas cortas, charlestón, coches y una generación perdida literaria efímera y excepcional. Los actuales aúno no sabemos qué nos deparan, pero no parecen emular ni el glamour anterior ni la juventud, ni el entusiasmo generalizado. Quizás tampoco entonces fueran como imaginamos, y Scott Fitzgerald y Zelda, con sus sombreros de fieltro y sus inacabables fiestas, tuvieran tanto de impostura como de idealización. La maldición de quienes somos contemporáneos es que tendemos a restar importancia a los auténticos pioneros, que quizás se encuentren ya ahí, entre test de antígenos y tercera dosis, prestos a construir un movimiento cultural que deje viejo todo lo anterior.

“Nunca antes se vivió con una comodidad mayor en Occidente, nunca antes la situación general fue tan buena: pero el malestar, en cambio, perdura, incluso aumenta”

De momento prima el desconcierto entre quienes programan (ferias de libro en pleno otoño, en las que las actividades pinchan pero las novelas vuelan, salas de teatro que tan pronto se saturan como no cubren l esperado, conciertos que se suspenden mientras otros doblan, triplican, inician gira), que llegan a la conclusión de que los nuevos habitantes de los años 20 queremos devorar la vida, pero nos organizamos mal. A eso se unen restaurantes del montón que requieren de reserva desde dos semanas antes, pero que se quejan de no encontrar camareros, o trenes con un número inacabable de vagones con destino a la costa que se llenan en minutos, y plataformas de contenidos que rompen sus propios récords en oferta y consumo. Parecería que deseáramos al mismo tiempo estar y no estar en este lugar, vivirlo todo, verlo todo. Y la corriente indica que sobre todo deseamos que se recupere lo viejo antes de que se instaure lo nuevo, como si quedaran aún planes pendientes de antes del encierro y hubiera que cumplirlos y clausurarlos, y pasar por ellos antes del siguiente paso.

Nunca antes se vivió con una comodidad mayor en Occidente, nunca antes la situación general fue tan buena: pero el malestar, en cambio, perdura, incluso aumenta. Los felices nuevos años 20 quizás no sean felices, sino gruñones, nostálgicos, rencorosos, exigentes. Qué pasará con el cine, con las presentaciones de libros, con las conferencias, con el viejo ocio y el pensamiento. Qué entretenimientos nos traerán, con qué nos prometerán que seremos más felices, con qué trampa nos llevará al futuro en esta ocasión esa vieja tramposa que es la historia.

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