Final de la tranquilidad

Después del señuelo del final de la pandemia, vuelve la preocupante realidad. El virus maligno se tomó unas semanas de vacaciones veraniegas y otoñales para regresar a amargarnos las Navidades venideras. El temor al contagio, que se había perdido de manera muy rápida, regresa a las reuniones familiares, a los actos oficiales, a las fiestas y hasta las misas y funerales.

La Covid vuelve a amenazarnos sin que nos lo estemos tomando en serio. En España todavía no se ha adoptado ninguna medida preventiva nueva. Ya se sabe que aquí, o los primeros o los últimos. Y si el Gobierno las decreta, ya se encargarán otros de incumplirlas. En otros países, más previsores, están volviendo a los confinamientos y limitaciones para evitar los contagios. Austria es donde se han tomado más en serio esta necesidad: de momento, 20 días de encierro total.

A casi nadie le gustan las medidas de fuerza. Pero cada vez son más los que las reclaman

Que la resistencia que ofrecen a vacunarse los negacionistas es la causa de la revitalización del virus, está en la mente acusadora de muchos. No es lo mismo que alguien en su libertad arriesgue caprichosamente su vida a que se empecine en poner en peligro la de los demás. A casi nadie le gustan las medidas de fuerza. Pero cada vez son más los que las reclaman.

Hay países donde ya es obligatorio vacunarse y otros donde se aplican duras medidas disuasorias contra los resistentes. Algunas empresas separan en sus comedores a los vacunados de los negacionistas y muchas familias les impiden entrar en sus casas. Vuelven los tiempos que creíamos olvidados de los apestados; la diferencia es que en este tiempo los apestados son voluntarios. 

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