Ana Belén y lo que demostró en 'El Hormiguero' de Pablo Motos

“Picadito” es una expresión que abunda en los medios de comunicación. Se ha instalado la idea de que las historias más largas no funcionan, especialmente en televisión. El espectador se puede aburrir y, como consecuencia, cambiar el canal. Pero que la audiencia se aburra o no, no va vinculado al tiempo que dura una contestación en una entrevista: depende sobre todo del interés de qué, cómo y quién relata.

Esta semana, Ana Belén ha visitado uno de los programas más trepidantes de nuestra televisión: El hormiguero. La actriz y cantante se enfrentaba con un comunicador que no puede disimular su obsesión por controlar que todo fluya con cierto ritmo. Ese ritmo que en los medios muchas veces se confunde con la prisa. Y entonces no es ritmo, es atropellamiento.

Pero la confusión habitual entre bailar al compás y el acelerón de velocidad no puede con Ana Belén que, a cada pregunta, argumenta una experiencia vital inspiradora, cargada de detalles y referencias de grandes ficciones. Hasta cuando narra su aventura para regresar a casa en pleno temporal de Filomena, que paralizó Madrid hace meses. Esta historia no es corta y Ana Belén la narra regodeándose en los matices, que es lo que potencia el interés. Mientras a Pablo Motos, siempre transparente, quizá le esté preocupando el tiempo. Pero, a la vez, como el espectador, está atento, magnetizado, entendiendo que es televisión pura la manera en la que lo cuenta.

Porque Ana Belén está interpretando lo que la sucedió con una emoción que hace imposible cambiar de canal. Aunque sea largo. De hecho, si no fuera largo perdería fuerza. Es más, Ana Belén va incorporando a la anécdota puntos de inflexión que van sembrando un desenlace apoteósico. Final con giro de guion incluido que ella misma remata alzando la voz con una apasionada espontaneidad.

Pablo Motos podía haberse matado ese clímax cegado por el ritmo mal entendido que, al final, trata con desconfianza a los grandes artistas de nuestro país. Incluso, en ocasiones, entre bambalinas se critica a los grandes de nuestra escena porque cuentan batallitas. Cuando sus batallitas son valiosos documentos para entendernos como sociedad. Son las grandes exclusivas a las que hay que poner el micrófono porque nos dan herramientas para nuestra propia vida, además de hacernos comprender mejor nuestro país y nuestra cultura. Cuando eso sucede, el público se queda pegado a la pantalla.

“Ana Belén sabe interpretar nuestro país en toda la expresividad de la palabra”.

Un público que conecta con Ana Belén porque está siendo generosa a la hora de participar en la entrevista. Y Pablo Motos entiende la relevancia de lo que le está contando y se queda escuchando. Atento. Hasta el final. No confudiendo ritmo con velocidad. De hecho, Ana Belén, como buena intérprete, es una clase magistral de ritmo. El ritmo de la expresividad elegante, sincera y curtida. A cada palabra que surge en el plató, incluso con las bromas de Trancas y Barrancas, Ana Belén aporta una vivencia relevantemente útil para el espectador. Las propias hormigas se quedaron atascadas ante tal conversación en la que se habló de envejecer, feminismo, desmontar afrentas instaladas en la cotidianidad… “¿Por qué una mujer no puede ser ambiciosa?”

Nos nublamos con artistas de Hollywood o con las celebridades que se presuponen del momento, pero hay que crear puntos de encuentro sin prejuicios y sin complejos con nuestros grandes artistas. Aquellos que no sólo saben pisar un escenario, no sólo saben cantar, no sólo saben actuar. Ana Belén sabe interpretar nuestro país en toda la expresividad de la palabra.

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